
Si comemos elefantes con ketchup y mostaza podemos bailar al ritmo de mentiras verdaderas y nos puede dar, a largo plazo, una horrenda fiebre porcina.
Y sigo escribiendo, sin pensar en el destino de este pobre arbolito que no cayó en manos de una loca, sino en manos de alguien que está mal de la mente. Me frambueseo mientras me río a carcajadas como un energúmeno, con los ojos inyectados de música sacra.
¡Oh! Vida tonta, que me pisoteas y juegas con mis omóplatos, tallándolos en forma de canicas que, posteriormente, se atracan en mi garganta para no dejarme eructar emociones que me inspira el verdor del orégano atracado en tus radiantes insicivos. Es tarde y no quiero bañarme, porque de la ducha caen gotas del aliento pútrido de tu abuela. En ese caso, prefiero colocar el teléfono en mi frente y bailar lambada contigo, escuchando vagamente las mentiras verdaderas del elefante, bañado en crema de lúcuma ahora, para empeorar mi indigestión.
(¡Gracias por pasarte!)
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